Nicolas Poussin, maestro del clasicismo


Nicolas Poussin, Autorretrato, 1650

La figura de Nicolas Poussin es clave para entender el arte pictórico francés durante el Gran Siglo de Luis XIV, así como también los cambios que vinieron después. Gran paradoja, si tenemos en cuenta que este artista realizó casi la totalidad de su carrera en Roma. Con este artículo no pretendo hacer un estudio exhaustivo del artista (ni los eruditos más avanzados podrían hacerlo: Poussin es un manantial inagotable de puntos de estudio), sino una breve presentación de la referencia del arte francés del siglo XVII.

Nacido en Les Andelys, Normandía, en 1594, Poussin descubrió su vocación a temprana edad. De todos modos, poco puede decirse de su juventud mal documentada, al punto de no haber hoy en día obras que daten de antes de sus 30 años. Se sabe que su formación se llevo a cabo en diferentes ateliers franceses, en Rouen y en París, para finalmente desplazarse a Roma en 1624 con su mecenas Gian Battista Marino.

Es Marino quien lo introduce en diferentes círculos artísticos de Roma, ciudad en la cual trabajaban los artistas más reconocidos del momento. Pero, además, Roma generaba una atracción intemporal por las ruinas del antiguo Imperio, objeto de estudio imprescindible para todo artista desde el Renacimiento. Al mismo tiempo, Poussin dedicó su tiempo al estudio de maestros del Renacimiento italiano, como Tiziano o Guido Reni, mostrando así su inclinación por los temas mitológicos e históricos, tratados con los cánones de la antigüedad.

La elección de Poussin por esta forma de representación es más que interesante cuando comprobamos que en realidad Poussin era contemporáneo de artistas como Borromini, Guarini o Bernini, todos trabajando en Roma y desarrollando un lenguaje plástico que daría forma a lo que hoy llamamos Barroco. Este último, basado en las líneas sinuosas, la expresión exagerada de sentimientos y la teatralización de las escenas, se oponía drásticamente a la rigurosidad y al orden del lenguaje de Poussin, estilo al que se le dio el nombre de Clasicismo, pues se basaba en los preceptos y cánones del arte clásico (idealización, proporción, “geometrización”, etc.). De esta manera, Poussin se posiciona dentro de la línea de reflexión de los hermanos Carracci, pintores boloñeses que buscaban volver a imponer los cánones del Alto Renacimiento (Leonardo, Rafael, Miguel Ángel) por sobre los artistas manieristas, quienes pensaban que, una vez alcanzada la "perfección" de las reglas, había que buscar nuevos cánones de representación (dando lugar a la aparición del arte barroco). Para Poussin entonces el canon a seguir no era más que el clásico. Aborrecía todo aquello que se alejara de estas formas, al punto de decir de Caravaggio que “la fealdad de sus pinturas lo llevará al infierno”.

Nicolas Poussin, Júpiter niño alimentado por la cabra Amaltea, 1640

Poussin tenía además otras virtudes: la reflexión de la composición era fundamental. Para ello, Poussin creía necesario que no le impongan límites para llevarla a cabo. De esta manera, prefería los trabajos de tamaño mediano, sobre temas donde podía desarrollar una imagen con una poesía y una reflexión propias. Llego así a rechazar obras oficiales, aceptando únicamente encargos de mecenas privados.

Nicolas Poussin, Et in Arcadia Ego, 1638.
Ejemplo famoso de la poética del artista. De composición compleja e interpretación dificil, la obra de Poussin se inscribe en la formula del poeta Horacio "Ut pictura poesis" ("La pintura asi como la poesía")

La fama del artista fue tal que llego a oídos del cardenal de Richelieu, primer ministro del rey francés Luis XIII, quien lo hizo volver a Francia para trabajar para la Corte. Incomodo con el ambiente de la aristocracia parisina y celado por los grandes artistas franceses de su momento, Poussin decidió volver a Italia apenas 2 años después para no volver más a su país natal. Sin embargo, su paso por Francia dejo una huella imborrable. Su estilo hizo escuela de tal manera que años más tarde Charles Le Brun, primer pintor del Rey, lo impone como “arte oficial”. Esto significaba que, en la Academia de Pintura y Escultura (institución creada por orden de Luis XIV con el fin de controlar la producción artística de su reinado, con Charles Le Brun como director y principal teórico) no se aceptaban creaciones que no siguieran los preceptos del clasicismo.

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